Clasificar el baile de Israel Galván resulta cuanto menos arriesgado. La personalísima estampa del sevillano, su búsqueda inabarcable de nuevas recetas y la libertad que manifiesta su puesta en escena lo sitúan en un espacio aparte, en un limbo hecho a su medida donde el paradigma que impera en sus obras es precisamente la ausencia de cánones establecidos.
‘La Edad de Oro’ de Galván, un espectáculo que presentó hace ya más de siete años en el Festival de Jerez, no es otra cosa que una aproximación a la etapa dorada del baile y el cante flamenco. Una revisión de lo antiguo en clave contemporánea que el bailaor plasma sobre las tablas con trazo cubista, dando rienda suelta así uno de los muchos cuerpos que el artista guarda en sí mismo tras más de media vida sobre los escenarios.

Galván recordó a su maestro Mario Maya por alegrías, recreó por soleares al gran Farruco y expuso en un repertorio de tientos, carcelera, fandangos y bulerías los magistrales argumentos que componen el prisma contemporáneo que fundamenta su baile. Un estilo que cuenta con tantos detractores como admiradores, pero que desde luego no deja indiferente a nadie.
A pesar de su continua exposición a la crítica más mordaz, sin ir más lejos fue abucheado hace unos meses en el estreno de su último espectáculo ‘Lo Real’ en Madrid, este Premio Nacional de Danza y Premio Nacional de Córdoba logró ganarse el viernes pasado el favor del público cordobés. Y lo hizo, además de con su baile, empleando el humor. Especialmente cuando en el fin de fiesta los tres protagonistas intercambiaron sus papeles, arrancándose en un cante por bulerías el propio Galván -que también se animó a tocar la sonanta- para que los hermanos Lagos parodiaran las figuras y movimientos que tanto han dado que hablar de este bailaor. Sin duda una clara muestra de que cualquiera que se tome demasiado en serio a uno mismo corre el riesgo de parecer ridículo.