Poco flamenco en Las Santas de Zurbarán de Eva Yerbabuena


La fuerza de las Santas de Zurbarán está en lo estático. En las miradas evocadoras que disfrazan el sufrimiento. En las poses tranquilizadoras que esconden el miedo. En los voluptuosos ropajes que ocultan un cuerpo intacto. Por eso, reflejar el misticismo y recogimiento de estas obras más allá del lienzo hace que se diluya la contención. Que, por momentos, las emociones –llámense dolor, congoja o desconsuelo- se distraigan y se pierdan. Puede que para alcanzar el éxtasis sea preciso poner el alma en clausura.

Decimos esto porque pese a los recursos del espectáculo ‘Santas de Zurbarán: Persuasión y Devoción’, que ayer estrenó en Sevilla la bailaora Eva la Yerbabuena con producción del ICAS y que sirve de antesala a la exposición del mismo nombre que se inaugura el día 3, el resultado estuvo lejos de la profundidad de lo pictórico. Y pasó lo mismo que cuando ves una película después de haber leído el libro.

Salvo excepciones, la obra acabó siendo más un desfile amenizado del vestuario diseñado para la ocasión por modistos de la talla de Elio Benhanyer, Victorio&Lucchino, Francis Montesinos o Ágata Ruiz de la Prada, entre otros, que una obra concebida como tal.

Es cierto que la base musical de la Orquesta Barroca de Sevilla junto a la guitarra de Paco Jarana y la percusión de Antonio Coronel regaló momentos mágicos. Lo mismo que la fusión de las voces de la soprano Rocío de Frutos y el cantaor José Valencia. O pasajes coreográficos como el de una agonizante Gemma Morado en el papel de la Santa Águeda a la que le amputan los pechos. O el de la Úrsula López interpretando a una Santa Apolonia en zapatillas. O las composiciones corales como las de Vanesa Aibar (Santa Dorotea), Leonor Leal (Santa  Margarita), Gemma Morado (Santa Catalina) y Mercedes de Córdoba (Santa Matilda) danzando por farruca.

También es verdad que el antiguo convento de Santa Clara, dividido por un escenario con forma de cruz griega, permitía descubrir perspectivas únicas de cada detalle. Ahora que tanto se lleva las tres dimensiones, este espacio incluso devolvía las imágenes de las Santas en el reflejo de los ventanales del claustro. Hasta el viento intervino en la propuesta. Como la noche, como el olor.

Y sobra decir que a Eva la Yerbabuena le basta mover un meñique para aliviar el hambre de los prisioneros cristianos como hacía su Santa Casilda. Y para convertirlos en rosas. Desde luego en la dirección de la bailaora se veía la indagación y la búsqueda por encontrar lo mínimo, lo delicado, lo sutil, lo que más duele. Aunque no fuera suficiente o, al menos, no  para el público.

Que flamenco hubiera poco, es lo de menos. Ya estaba ahí el cantaor lebrijano para sentenciar y dejar con la miel en los labios a los aficionados con una saeta y una seguiriya llevada al límite con la que se cerró el espectáculo.

En cualquier caso, lo que se echó de menos del conjunto no tiene nada que ver con esto sino con el ritmo, demasiado lento. Con el montaje, demasiado interrumpido. Con las escenas, demasiado esbozadas. Con los estímulos, demasiado excesivos. Con el sentimiento, demasiado frío.

 

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