'Solo', espectáculo de Israel Galván en la Bienal de Flamenco de Sevilla 2012. Foto: Archivo.

GALVÁN IMPONE EL SILENCIO EN LA BIENAL DE SEVILLA


De Israel Galván se han dicho tantas cosas que llega un momento en el que, como hizo él mismo anoche en el Monasterio de La Cartuja, lo mejor es callarse. Con acierto alguien dijo que el silencio es el argumento más difícil de refutar.

A estas alturas, este bailaor –considerado el Picasso del flamenco, un funambulista del arte, creador de la danza hipnótica y otras tantas cosas más- es un viejo conocido en la Bienal de Sevilla. Espacio donde, como señaló la directora, Rosalía Gómez, se “le ha visto madurar”. Por eso, tratar de seguir explicando lo que es o lo que significa este rara avis del baile, la danza y de todo a la vez, empieza a resultar ridículo.

A ‘Solo’ no se le pueden encontrar adjetivos descriptivos. Es más, probablemente, al intentar contarlo a otros, nos veríamos obligados a reducirlo. Un espectáculo de unos 40 minutos en el que el sevillano baila sin música, sin escenografía, “sin artificios”, que señala el programa. Pero, esto no es ‘Solo’. O, al menos, no solo –de solamente-.

De hecho, si no fuese así no se entendería que se agotaran las entradas nada más ponerlas a la venta cuando ya presentó la propuesta en la Real Fábrica de Artillería en octubre de 2010 y cuando en febrero de este mismo año estuvo en el Teatro Central con ‘La Curva’.

Sin embargo, lo cierto es que los que consiguieron una de las pocas localidades que permitía el aforo del Monasterio sabían que ver a Galván es siempre una experiencia y es siempre distinta. De ahí que el propio público creara una atmósfera casi mística antes de que el artista saliera a escena. Que, por raro que parezca a los que acostumbran a acudir a eventos culturales, se contuviesen las toses. Que hubiese miedo hasta de respirar, no vaya ser que se fuera a romper el momento. Y que, la mejor prueba del efecto que consigue este bailaor, se viera en la cara de la gente cuando éste les bailaba a menos de un metro de distancia.

En otras palabras, la de anoche fue una de esas propuestas escénicas que podrían ser anunciadas con los redobles del arte circense y el más difícil todavía. Hay pocas cosas más complicadas de mostrar que aquellas que se componen de las ausencias de las demás.
Galván, como aquellos versos de Eduardo Galeano, estaba desprotegido, dueño de nada, dueño de nadie, ni siquiera dueño de sus certezas. “Silba el viento dentro de mí. Soy mi cara en el viento, a contraviento, y soy el viento que me golpea la cara”, podría haber pensado al igual que el poeta.

En definitiva, el Galván de ayer no dejó de ser el mismo loco que era cuando en los teatros los espectadores se levantaban y se iban, en el mejor de los casos. El que tuvo que aprender a manejar la ironía y a reírse de sí mismo para evitar que le dolieran las risas ajenas. El que esboza los bailes y le saca partido al silencio. El que saca el compás desde los tobillos hasta las pestañas, pasándole por los dientes. El que se anima, el que se arrea, el que se riñe, el que se quiere. El que no se parece a nadie. El que, guste o no, una vez que se le ve, nunca se le olvida.

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