David Palomar en uno de los momentos de su espectáculo en el Teatro Central de Sevilla. Foto: Adam Newby.

Un homenaje con alcohol de garrafón

David Palomar rindió tributo a Chavela Vargas en el ciclo ‘Flamenco Viene del Sur’ con un espectáculo forzado y falto de hondura

El día que murió Chavela Vargas escribió Joaquín Sabina que “ella no vendía una voz, vendía un estilo”. Por eso, no se le podrá imitar nunca. Y probablemente cualquier intento de rendirle tributo quedará escaso de carácter, el suyo. “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”, dijo también Pedro Almodóvar.

Puede, por tanto, que este pudiera ser el error de base del espectáculo “La dama del poncho rojo”, que el cantaor David Palomar presentó el martes en Sevilla dentro del ciclo Flamenco Viene del Sur.  Para rememorar a la Vargas hay que ser Chamana. Para cantar sus boleros y rancheras hay que sentir el desgarro. Para lograr, además, que los temas suenen a flamenco hay que ser muy auténtico, como lo era Chano Lobato o Bambino.

Pero, en esta ocasión, David Palomar,  ganador por dos veces del Premio Nacional del Concurso de Córdoba y un cantaor con facultades, dejó escapar la hondura limitándose a interpretar forzadamente temas tan agradecidos como La Llorona, Macorina, Volver, Piensa en mí o Amanecí otra vez. Abusó del cante susurrado, aflamencando de vez en cuando los finales, como si esto justificara su presencia en un ciclo flamenco que, por cierto, apenas consiguió llenar un tercio del aforo con este espectáculo. Quizás sería preciso explicar que ni lo que hace Pitingo alargando los tercios con giros improvisados es soul ni acabar con un quejío coplero-agitanado cualquier canción es flamenco. Aunque según el artista pueda ser una maravilla.

El gaditano se movió más bien en un supuesto recogimiento, como si se pudiera sentir el dolor, el amor o la pérdida desde el atrezzo. Tratando de alcanzar el dramatismo a través de los golpes de efecto, no de la emoción. Y cuando antes de marcharse quiso cantar por soleares y bulerías para no “irse de Sevilla sin cantar flamenco” ya era demasiado tarde para continuar esta noche de borrachera. Hay que temerle a las resacas si te ponen garrafón.

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