Si hay algo que puso en evidencia el homenaje que se le rindió a Rancapino el pasado lunes en el Teatro Lope de Vega de Sevilla es que este pequeño gran mundo del flamenco está por encima de muchas cosas. Aquí no existen los fans, pero sí los aficionados. No se habla de mitos sino de maestros. Y los artistas no entienden de rivalidades, estilos ni etnias.
Más bien se admiran, se divierten y se abrazan, orgullosos de pertenecer a la misma familia. La que sabe cuando se le necesita. La que está a golpe de teléfono siempre que hay que celebrar una alegría o compartir una desgracia. La que da sin esperar nada a cambio. La que honra a sus mayores. “El flamenco tiene corazón para reconocer en vida lo que merece la pena”, apuntó un Arcángel que –por respeto- no se sentó en la silla hasta que no acabó el audio del cantaor chiclanero con el que se amenizaba los intervalos.
En este ambiente, tanto el público que llenaba el teatro como los artistas que pisaron el escenario no podían más que disfrutar de lo que estaba ocurriendo. Primero porque, como en todas las casas, no existen muchos momentos en los que todos puedan juntarse. Segundo, porque quienes estuvieron pusieron todo de su parte. Tercero, porque el encuentro se convirtió en un festival del flamenco de todas las generaciones, de todas las voces posibles. Y, por eso, daba igual si se alargaba más de tres horas y media. Uno nunca ve el momento de irse cuando está con buenos amigos.
A Rancapino, que como dice su autobiografía está ronco de andar descalzo, le bastó entonar por soleares para evidenciar el por qué del tributo. Su voz cansada, rota y hasta pequeña, tiene tanta profundidad que más que oirse se siente. Sus fandangos precisos y justos son toda una lección de clasicismo. Alonso Núñez parece que tiene la vida atragantada en la garganta.

Además, la noche contó, entre otras sorpresas con la presencia de Paco Cepero, uno de los guitarristas que mejor han sabido situarse a la izquierda de los cantaores y que con su “Aguamarina” consiguió poner al público en pie a base de acariciar la guitarra con compases hermosamente flamencos.
También acabó saliendo a escena en el fin de fiesta una Matilde Coral generosa siempre, a la que la edad no le impide derrochar feminidad en cada movimiento de manos o en cada golpe de cadera.
Pero, sin duda, los protagonistas de la noche fueron Arcángel y Miguel Poveda, ambos sublimes en sus diferencias. El primero hurgando en la herida de las seguiriyas, el segundo explorando en la sensualidad de las cantiñas. El cante del onubense sobrecoge, duele y asfixia. En su cátedra por fandangos rompe y dispara en cada nota, haciendo inevitable suspirar cuando acaba el tercio. En su versión final de la “Bien Pagá” por bulerías y a capela movió a todo el mundo del asiento. “Cantas mejor que el que lo inventó”, le gritó alguien del público entusiasmado. El del catalán alegra, levanta el ánimo, reanima. Da aire a las malagueñas por abandolaos y frescura por Cádiz. Uno es el lamento, otro el júbilo. Uno el rigor, el otro el esparcimiento. Uno la perfección, el otro el juego. Uno la ruptura, otro el reencuentro. Y los dos todo a la vez.
Por eso, la soleá que interpretaron juntos se convirtió en una sinfonía que pasará a la historia. Chacón y Marchena frente a frente. La letra elegida no pudo ser más propia. “Convivencia”, del “Artesano” de Poveda. Un canto al compañerismo que acabó en un sentido abrazo. El que resume la hermandad del auténtico flamenco. El mejor homenaje para el homenajeado.
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