Ricardo Fernández del Moral en la Peña Flamenca 'El Lucero' de Montilla. Foto: Miguel Valverde.

El genio que salió de una lámpara

Deslumbrante, insólito, puro y sincero. Pocos habían oído hablar de Ricardo Fernández antes de que lograra hacerse con la Lámpara Minera en la última edición del Festival de Las Minas de La Unión, pero los que tuvieron la oportunidad de verlo el viernes pasado en la Peña Flamenca ‘El Lucero’ de Montilla seguro que no olvidarán fácilmente su nombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El genio que salió de la lámpara, el mismo que sorprendió a propios y extraños acompañándose a sí mismo, el inconcebible cantaor-tocaor que también barrió con cuatro premios -soleá, toná, malagueñas y tarantas- hace menos de un año en el festival murciano, se dejó caer en Córdoba la pasada noche para demostrar que lo suyo es puro arte.

En el daimieleño confluyen la figura del cantaor jondo y la precisión de un guitarrista fiel, certero en el toque sin artificios. Un trovador insólito en esto del flamenco que se ha hecho a sí mismo al margen de modas, campañas promocionales, fuegos de artificio y capotazos de apoderados.

Su cante es natural y sale de las entrañas. Su voz curtida. Y además de flamencura cuenta en su haber con la genialidad del que domina al unísono dos instrumentos, dos maneras de sentir el flamenco. Lo demostró abriendo su recital con un cante por soleares, quizá el palo en el que más brilló a lo largo de la noche, para continuar la primera parte de su actuación por malagueñas, cantiñas y petenera.

 

La redondez de su voz y la manera de ejecutar los cantes a la antigua usanza son de los que pellizcan el estómago. Otra cosa bien distinta es precisamente la conveniencia o no en un cantaor de su talla de optar por acompañarse a sí mismo a la guitarra, una faceta en la que hace aguas cuando entra en cantes de compás como las alegrías o las bulerías.

Aún así, la perfecta armonía vocal e instrumental que logra el manchego con la sonanta en los cantes libres dejan entrever las portentosas cualidades musicales de un artista que, a pesar de ser un completo desconocido hasta hace bien poco, demostró en Montilla una gran madurez sobre las tablas.

Mineras, tonás, bulerías y una tanda de fandangos conformaron la segunda parte del que será sin duda uno de los recitales más sugerentes de la temporada en la provincia. Habrá que observar muy de cerca la progresión de este artista, que prepara para este verano su primer trabajo discográfico, pero de lo que no cabe duda es de que tenemos delante a un cantaor sólido y serio que cuenta con un innegable potencial artístico.

 

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