Espectáculo 'Las idas y las vueltas', de Arcángel y Fahmi Alqhai en la Bienal de Flamenco de Sevilla 2012. Foto: Bienal.

ELEGANCIA Y DELICADEZA EN EL FLAMENCO ‘CULTO’ DE ARCÁNGEL

 

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Reconocía el poeta y director de cine  italiano Pier Paolo Passolini en su ‘Análisis tardío’ que no hacía otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo, que de tantas cuerdas que tenía terminó por tirar de una sola; que le gustaba embarrarse porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura. Pues, por lo que se pudo ver anoche en la Bienal de Sevilla, a la misma conclusión debe haber llegado Arcángel.

El cantaor, junto al gran violagambista Fahmi Alqhai y la orquesta de música antigua Accademia del Piacere, ofreció ayer en  la segunda noche de los ‘Diálogos en el Alcázar’ un espectáculo, que más que el término al que hace alusión el título del ciclo, fue una conversación, una charla distendida y amable, en la que la música antigua y el flamenco se entendieron a la perfección. Sin que hicieran falta moderadores ni turnos de palabras.

‘Las idas y las vueltas’, un proyecto concebido como un punto de encuentro entre todas esas músicas mestizas del barroco colonial y que lleva ya dos años de andadura por medio mundo, se caracterizó por la delicadeza, la elegancia y la complicidad. Por hacer olvidar al público que llenaba el aforo que se estaba asistiendo a algo raro.

Y pese a que Arcángel era el último nombre en aparecer en las entradas que daba acceso al concierto. Y aunque hay a quienes aún les molesta que en una bienal el onubense no haga alarde de su jondura con silla de enea y primer plano. Y entendiendo que duela ver al cantaor más cómodo y espontáneo en propuestas en las que se le podría presuponer más encorsetado que en las que se le reclama. Lo cierto es que anoche se asistió a un espectáculo flamenco, en el que el cantaor estuvo especialmente entregado.

Lo demostró desde el principio con una toná cantada desde uno de los balcones del Patio de la Montería –eso sí que es conversar con el espacio- en la que se le pudo ver retorcerse. Arcángel ayer se humanizó. Cantó con la voz rasgada y eso a él se le agradece. Tan acostumbrado tiene al público a una afinación perfecta que cuando se le rompe en un tercio arranca un ¡por fin! Quizás, porque de vez en cuando se necesitan muestras de flaqueza para empatizar con el artista.

Con la guitarra flamenca de su inseparable Miguel Ángel Cortés a la izquierda –impecable como siempre- y la viola de gamba del virtuoso Fahmi Alqhai  a la derecha, Arcángel se dejó llevar por los sonidos y daba la sensación de que sus melismas sonaban aún más naturales dentro del preciosismo de la música barroca. Por eso, se pudo permitir ponerle letra de sevillanas (‘Viva Sevilla, viva Triana’…) a una composición que en el disco es instrumental y, por eso, empastaba tan bien en los dúos con la soprano Mariví Blasco.

En ocasiones, daba la sensación que el cantaor se hubiese empeñado en incluir el flamenco en lo que algunos llaman música culta; esa que implica estudio, rigor y cierta erudición. Pero el repertorio, en el que se iban intercalando los romances, jaleos o xácaras con las seguiriyas, alegrías o la vidalita, se movía de forma tan espontánea que lo que dejaba entre los espectadores no era nada más ni nada menos que el gusto de saber que se está asistiendo a algo bonito.

Hubo una complicidad absoluta entre los artistas que dejó momentos “mágicos”, algo que, como comentó el propio Alqhai, era lo que se pretendía en “aquí en Sevilla y en la Bienal”.

Uno de ellos fue, sin duda, el que protagonizó Patricia Guerrero, que estuvo presente como artista invitada. La bailaora, primera figura del Ballet Flamenco de Andalucía, apareció en escena vestida con un espectacular traje verde esmeralda al compás de Las morillas de Jaén y derrochó arte sorprendiendo a todos con movimientos y gestos cargados de flamencura.

Muy aplaudidas fueron también unas desgarradoras seguiriyas de Arcángel, acompañadas también en el baile por Guerrero, que en esta ocasión iba de negro luto. Así como las delicadas guajiras, en la que la bailaora movió con soltura la bata de cola y en la que destacó el virtuosismo de la flauta y guitarra barroca.

Emotivas fueron las finísimas alegrías de Cádiz, casi susurradas, que ya se han convertido en sello personal del cantaor y que recordaban inevitablemente a Enrique Morente. Del cantaor, por cierto, se acordó el artista anoche -bueno, anoche lo hizo delante del público queremos decir- sacando un chalequillo en cuya espalda llevaba bordado el nombre del granadino.

Lo que a lo mejor no sabía Arcángel es que en el mismo espacio –el Patio de la Montería- y en el mismo contexto –La Bienal de Sevilla- presentó su maestro hace doce años el ‘Allegro Soleá’ junto a las guitarras de Pepe Habichuela y Montoyita, el piano de Antonio Robledo y la Orquesta de Cámara de Granada. Destinos comunes.

Arcángel solo habló para pedir al público un ejercicio de concienciación. “Pensemos por qué estamos aquí”, dijo. “Estamos aquí porque la cultura nos mueve y en un momento como el que estamos debemos tomar conciencia de esta grandeza”, sentenció para acabar pidiendo un aplauso por “el arte flamenco y por la música”.

Y el público aplaudió a la petición del artista y al espectáculo. Lo entendió y salió con un sabor dulce. Y se entiende que si no se pidieron bises ni se hicieron peticiones, como ha ocurrido en otras ocasiones en la Bienal cuando los artistas “vienen con otra cosa” –pongamos por ejemplo a Mayte Martín con su ‘Alcantar a Manuel’-, fue simplemente porque quedaron conformes. Sabían a lo que iban y lo disfrutaron. Habrá quienes echararían de menos algunas cosas y quienes, sobre todo, al ver el cartel decidiera no ir. Pero, a lo mejor, este cantaor como ya hiciera su vecino Juan Ramón Jiménez se dirija “a la minoría siempre”. Minorías que agotan las entradas, claro.

 

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