José Mercé, luces y sombras en el Auditorio Nacional de Madrid

Parece que el flamenco va ganando peso en la cultura musical de este país. Una muestra de ello es la programación flamenca que la Fundación Excelentia ha introducido en el Auditorio Nacional de la Música. Quizás algunos piensen que no es el contexto más propicio para este arte, pero estamos ante una de las músicas más importantes de nuestra cultura y, por tanto, es de ley que pase por los mejores escenarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El jerezano José Mercé fue el encargado de abrir este ciclo llamado ‘Grandes Maestros del Flamenco’, un título quizás demasiado sensacionalista si nos atenemos a los artistas que lo componen. Maestros todavía, pero grandes maestros es una categoría que está reservada para aquellos magníficos creadores que dejan escuela. Ni Mercé ni Carmen Linares lo han hecho, menos aún Estrella Morente.

Puntillitas a parte, José venía a presentar su último disco “Mi única llave” a uno de los templos de la música clásica. A tenor de lo vivido en la tarde-noche del viernes, el jerezano cosechó un éxito sin discusión: llenó casi por completo la sala, fue vitoreado en múltiples ocasiones, consiguió que el público cantara a coro sus canciones, hizo llorar de emoción a mi vecina de butaca y salió ovacionado del auditorio.

Como aficionao al cante jondo no hay que conformarse con el aplauso de los demás; hay que sentir las ganas de aplaudir, de disfrutar y el pasado viernes un servidor las sintió a cuenta gotas. No sé uno fue con pocas ganas de comprar o Mercé con pocas de vender, lo cierto es que no todo su género pareció de gran calidad. No aportó nada a La Salvaora, haciéndola sencilla, respirando en exceso y con falta de ligazón y fuerza. Más de lo mismo con la media granaína y la malagueña del Mellizo a las que no dota de nada especial. Tiró para el terreno donde sí es capaz de impartir magisterio a pesar de que sus facultades no sean las de antaño. Pellizcó con su jonda soleá, magníficamente acompañada por el hijo del gran Moraíto, Diego del Morao. Estilos alcalareños, de la Andonda o Paquirri El Guanter fueron pasados por el tamiz de José. Realmente reconfortante para los sentidos y para el alma.

Da igual que no consiga ligar con facilidad, que respire en exceso y que a veces no complete las melodías, la jondura sigue corriendo por sus venas y su conocimiento es exhaustivo. Caso aparte merece Diego del Morao, un auténtico fenómeno de la sonanta, con sonidos muy personales y una gran técnica combinada con una pureza exhaustiva. Sublime por bulerías.

Foto: Rufo. Tan acertado como deontológico fue el hecho de ofrecer una parte de cante sin adornos, en ese aspecto no se le puede poner un pero al cantaor jerezano que donde quiera que va siempre deja al menos alguna pincelada de su pureza. Pero como no todo iba a ser de color de rosa, del lado más ortodoxo pasamos a los sones modernos producidos por el gran Javier Limón, que mantienen ese aroma flamenco, pero con gran profusión de instrumentos y estribillos pegadizos, donde el cantaor parece sentirse más cómodo.

Las cantiñas y las bulerías del Morao fueron ñoñas, carentes de protagonismo por parte del cantaor. Sus pegadizos clásicos Lío, Aire, Al alba o los Tangos de ida y vuelta siempre gustan, entretuvo e hizo venirse arriba al público. La Elegía a Ramós Sijé fue para olvidarla. En los fandangos onubenses, brilló más el violinista que el propio Mercé. En cambio, supo echarle compás y flamencura a las bulerías finales, donde volvió a satisfacer las necesidades más elementales de todo aficionado a lo jondo, eso sí, recreando siempre formas de otros grandes maestros como Camarón o Luis El de la Pica. Sin duda José Mercé cumplió las expectativas de todas las personas que pagaron la entrada para verlo.

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