Marina Heredia, un elogio a la naturalidad


Marina Heredia no mentía cuando en la rueda de prensa previa al concierto, con el que ayer cerró el ciclo de los Jueves Flamencos de Cajasol, aseguraba que no sabe medirse. Que no concibe otra forma de cante que no sea la de romperse en cada nota. Que para ella en el flamenco no cabe otra cosa que partirse el alma. De alguna manera esta granadina es la encarnación del cante superlativo. En la forma y en el fondo. Con todo lo que conlleva.

Su poderosa presencia escénica, su voz rota pero firme, su actitud, su saber de quién acordarse… Todo apunta inevitablemente a una cantaora para la que solo sirven los adjetivos que indican la significación máxima.

Ha sabido guardar en su corazón y en su cabeza los recuerdos que atesora de esas gitanas del Sacromonte de las aprendió tanto: el genio, el carácter, la gracia, lo excesivo. Y, al mismo tiempo, condensa en su garganta los ecos de todas las grandes que le preceden: Fernanda y Bernarda, La Paquera de Jerez, Adela la Chaqueta, Rocío Jurado… Sin dejar de ser ella misma, sin dejar de sonar a Marina Heredia. “Tengo muy mala memoria para copiar”, decía la artista a la prensa.

Con esto, los recitales de la de Graná se convierten siempre en una aventura, un ejercicio de tensión dramática. Un a ver qué hace, a ver qué canta o incluso un a ver si llega –por lo de llevar los tonos al extremo-. Con ella de nada sirven los programas de mano porque es capaz de improvisar según lo siente. ¡Qué bonito elogio a la naturalidad!

Pero además, Marina es lista, sabionda y conoce bien lo que se espera de ella. Se le nota su infancia de niña revoltosa, a la que le gustaba quedarse de madrugada escuchando a los adultos. Meterse en los fregaos y resolver.

Marina Heredia en uno de los momentos de su actuación en Sevilla. Foto: Adam NewbyY, por eso, con enorme facilidad, se metió en el bolsillo al público que abarrotaba la Sala Joaquín Turina a fuerza de cante y más cante. Mostrando que tiene la misma facilidad para pasar del drama y a la comedia que para cambiarse de vestido. Haciendo ver que es capaz de mecerse en unas preciosas milongas cargadas de sensibilidad, incluidas en su nuevo disco ‘A mi tempo’. De romperse en unas contenidas malagueñas por fandangos del Albaicín. De imprimir la máxima gitanería por soleá. De soltar todas las riendas –micro incluido- para desvanecerse en el cuplé por bulerías. De retomar la fuerza y rasgarse por seguidillas. De crear e inventar notas nuevas en los pregones y las tonás. De ponerle pellizco a las bulerías por soleá. De sacar todo el eco de las cuevas en noche cerrada en unos emocionados y emocionantes ‘Morentangos’. De acordarse de Camarón por bulerías sin sonar camaronera. De, si cabe, ser más grande que la más grande en la mejor versión de ‘Se nos rompió el amor’ que se ha oído de la Jurado. De concluir por fandangos chocolateros, como si no hubiera un mañana. De demostrar que hay un cante para oír y para ver. Sin ojana.

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